Bye bye Wai Kitai

 

Hoy, domingo antes de las 10 de la mañana, sin mediar acuerdo previo, él llamó por teléfono. Me dijo que estaba a un par de metros de mi casa y que me traía las cosas que le he estado pidiendo,  insistentemente, por más de un mes… desde que supe que se iba de la ciudad.

En el proceso, pasó de ser alguien que yo quería, a ser una persona que no quiero ver más. ¿Cómo puede pasar eso?…  Es raro, pero ocurrió.

Entre pedirle algo, rogarle que respetara mi tiempos y los compromisos adquiridos, que dijera una cosa, que no cumpliera, que me dejara esperando, que no me pidiera disculpas, etc. Me hartó. Me agotó. Me decepcionó.

El tema es que en el intertanto, me dejaba enrabiada, comiéndome las ganas de echarle más que un par de chuchás (yo que evito eso, porque hace tan mal), haciendo el ejercicio de respirar profundo y preguntándome ¿valdrá la pena insistir, quedarse callado, volver a tratar en forma educada?…

Y me decía que sí, que yo quería recuperar mis cosas. Que ya había pasado el punto de giro, y que si no hacía el último esfuerzo nada habría valido la pena. Y así volvía a contactarlo, más de una vez, y él, todo campante: “ya mañana, ah, no hoy no… ah, ¿quedamos en eso?, no me acuerdo, es que estaba muy loco… Después te llamo” y demás respuestas indignas de un adulto.

Y yo ahí, diciendo “ommmmmmmmmm”…. y esperando que la próxima vez sí apareciera.

Hubiera preferido que la despedida fuera con abrazos, guitarra y vino idealmente, y con un “que te vaya bien”, al menos. No frío, sin palabras, en cinco minuto. Como fue.

Vini, vidi, vinci….

La cosa con más detalles fue así. Él llama un domingo temprano y yo tomo café en pijama. Pienso en si vestirme o no, no alcanzo a bañarme, pero opto por ponerme ropa.

Un vestido veraniego blanco, que me queda bastante bien (Pero eso da la mismo, yo me podría haber puesto un kimono, un bayby doll o un traje de astronauta y él no me hubiera dicho nada. Nunca me dijo que me veía bien o mal con algo).

Llega, me saluda, le ofrezco agua, té, café… No acepta, nada. Se ve bien. (No como la última vez, que llegó pasado a alcohol al teatro). Ahora anda con el pelo mojado o con gel. Un pantalón bermuda bonito y unas sandalias. No le conocía el atuendo. No quise preguntar, puede ser que me diga, como en esa otra ocasión, que se los regaló Ella. No quiero saber.

Él sale al balcón soleado que mira al verde del Cerro Santa Lucía, en el piso 19.

Reviso las cosas. Están los libros de esa otra historia que también debe sellar su fin (y ese era el bien más importante de todos para mí, el motivo de tantas insistencia, porque esa otra historia debe cerrarse completamente y este aspecto, devolver esos libros, era lo único que faltaba).

En la bolsa que me trajo venía también el libro de guiones que nunca le quise prestar. Que se llevó en febrero y que no terminó de leer para noviembre.

En una bolsa de cartón, dónde una vez le regalé unos pantalones que abrió en mi casa, y dónde, luego, le puse unas cosas que le dejé para su cumpleaños… estaban las herramientas que él fue eligiendo cuando arreglaba mi depa, y que se fue llevando al de él, sin siquiera decirme. Era obvio que sí, yo las pagaba, eran mías, pero él las usaba, para mí y para él también.

Había una cortapluma bien top. Recordé cuando la compramos y por qué… Le dije “¿oye, en esta cortapluma qué herramientas hay que no estén en la caja en forma individual”… “No sé”, dijo, con indiferencia desde el balcón. “¿puedes venir a ver”? le pregunté…. y él, con un gesto de “puta qué lata”, se aprestaba a caminar 4 pasos cuando le dije ¿”te interesa esto?”, mostrándole la cortapluma… y él dijo “No”. “Ah”, dije, “entonces no vengas”. Y guardé el elemento en la caja.

(Mi idea era reglársela, pero si no le interesa no le voy a insistir. Antes lo hubiera hecho, pero ya no me dan ganas de bancarme su habitual desidia de “por qué me haces hacer algo que no quiero” aunque miles de veces le parecía bien después, igual que a un niño. No sé si tenía otra, o no la usaba o no quería tener nada mío. Estuve tentada a preguntar… pero la verdad, pensé, da igual. No lo quiere, fin).

En el paquete estaban también los visillos de cortina que le di (y no le pedí, supongo que no los puso nunca y decidió devolvérmelos). El sacaldasono venía en su empaque (parecería que no lo usó, per creo que me dijo que sí, alguna vez).

Eché de menos la lámpara pero no le dije. Pensé en forma express “¿qué sale más barato, decirle y ver si me la trae de nuevo, o terminar con “no te la puedo traer ya”, o, en caso de, comprar otra?”. Y opté por lo último.

Guardé todo. No era tanto bulto… que, yo entendía, era la razón de su demora en llevarme las cosas, que le daba lata andar cargado…  No le dije.

Él seguía en silencio y solo en el balcón. Yo no sabía si salir afuera y hablarle de lo que fuera o no… No lo hice. Me puse a guardar loza.

Él entró a la cocina, me pidió un vaso de agua. Lo quise limpiar…. Él dijo “así no más”. Me contuve de decirle “pero espera un segundo que lo haga”, siento que no quiero discutir nada, y se lo paso tal cual. Le serví agua mineral sin gas fría. Mientras bebía le pregunto “Te mandé un mail ayer, ¿lo viste?”.

(Ayer, en un momento no sé si de iluminación o de estupidez, me dio ataque de dignidad y le mandé un mail que encuentro heavy. Donde le decía que me parecía pésimo su comportamiento, que lo que él había hecho en la oportunidad X se llamaba “estrechez de corazón”, y que era inaceptable.

Que como no le daba vergüenza que alguien tuviera que estarle cobrando todo el rato (por las cosas), que yo no me merecía ese trato, y entre otras palabras bastante fuertes, le dije que lo desconocía y que no tenía ningún interés en esta persona en la que se convirtió).

Yo no creía que hubiera visto el mail, por varias razones, pero también porque era raro que jugara al silencio luego de haber leído esas declaraciones. Pero, para mí su proceder, en general, no siempre, pero en casi todo, es imprevisible. Particularmente ahora, que está tan diferente….

Me dijo que no vio el mail. Casi le dije si lo quería ver en mi casa, y luego pensé que no. Que el lazo que alguna vez tuve, y quise tener con él, él lo arruinó, y ya está suelto y él está aquí para cortar las hilachas y darle punto final.

Tuve ganas de hablar hace un tiempo, pero él no quiso y ya fue. Mostrarle el mail es un detonante a una conversación que no queremos tener. Opté por no decirle.

Tomó el vaso y volví a verle el anillo plateado en su mano izquierda. Volvió a recorrerme ese viento helado por la espalda. Me acordé de todo lo que me pasó cuando me contó sobre la otra, hace tan poco tiempo. De todo lo que me dolió. Fue como una película entera pero en un segundo (los recuerdos usan una dimensión temporal distinta a la de la conciencia). 

Terminó el agua y dijo “me voy”. “Ok” respondí. Casi le dije “¿algo que decir, que conversar, algunas “últimas palabras”?… Pero decidí que mejor no. Que se vaya con su historia, su manera, su gente y su anillo. Lo dejé en la puerta. Le di un beso en la cara y entré. Se fue.

"Ahora sí se terminó” pensé. Aunque, si bien hubo algunos episodios medios confusos las últimas semanas, lo importante se había terminado hacía tres meses. Hoy sólo quedaba el trámite final. Y bueno justamente el haber realizado ese trámite perite decir, con propiedad, c’est fini.

Epílogo….

Sentí una liberación tan grande. Un especie de peso que se iba. También me dio mucha pena que todo fuera así, pero así era. Pensaba en las conversaciones de estos días con mi amiga. Sobre la coherencia y la dignidad.

Sobre que cuando las cosas no son coherentes en verdad, y/o cuando uno transa la dignidad, en pro de un bien superior supuestamente, igual, al final, no funciona. Alguna vez escribí sobre eso.

Este vínculo con Wai Ki tai se estructuró de una manera incoherente… yo lo permití, por supuesto, por echar a la soledad tan arraigada en mi alma, por querer tanto que funcionara… Y en pro de ello acepté tantas cosas inaceptables. Eso pasa cuando uno no anda bien.

Es como un imán de mala calidad, atraes a lo que corresponde a esa imán. Y no es lo que quieres. Y como todos sabemos, “lo barato, a la larga, cuesta caro”.

Este hombre se fue de mi casa. Ya no tenemos nada pendiente. No lo puedo sacar tan fácilmente de mi alma, pero lo saqué de mi celular.

Borré su teléfono, los mensajes que tenía de estos días, y los que guardé de antes. Porque…. porque una es tonta y guarda algunos mensajes de antes. Mal.

Y entonces vine a escribir un post acá que se llamaba “empezar y terminar”, que hablaba de cómo las cosas empiezan, terminan o terminan y empiezan. Este asunto lo detonó, claro, pero ´hay otras cosas que han empezado y terminado últimamente y tienen resonancias que ameritan reflexión para mí.

Como que me titulé de periodista el 20 de octubre…. Que fue un largo y tortuoso camino por muchas razones, sobre todo porque no me gustó la Universidad. Siempre sentí que yo no tenía nada que hacer ahí, pero ahí estaba.

Que entregué una crónica para una revista, que me felicitaron, pero aprendí que uno no puede disparar para todos lados…. Que leí dos libros en una semana, luego de leer muy pocos en varios meses. Y así. Comencé a escribir todo eso, pero me salió esto.

Mientras escribía esto escuchaba una y otra vez las canciones de la Guacha. La vocalista de ese grupo dijo, en una entrevista, que ella era “una guacha de corazón rotísimo”, o sea guacha de amor… Que le canta al desamor. Calzaba perfecto a este post. Las canciones acá.

Hasta donde hacer público lo privado y por qué….

Pensé en no escribir esto, que es muy personal y esas cosas… Pensé en ponerlo en un lugar más anónimo tb, pero luego pensé en por qué yo escribo…. No sé si alguna vez conté esta historia acá.

Un día del verano de 2005 yo estaba muy triste por esa otra historia de la que hablé en este post, y busqué en google “tengo pena”. Entonces, como en la tercera entrada, apareció un escrito de un tipo que lo decía… Revisé y era un chileno en Tokyo que decía eso, así, como en la personal… Yo había estado becada en Tokyo con pena, así que enganché.

Pasó el tiempo y yo visitaba esa página, veía que la gente comentaba, me di cuenta que no era un medio así importante sino tan sólo los sentimientos compartidos de una persona común. Me gustó. Así supe que existían los blogs.

Luego supe que habían más. Y leí varias historias, personales, algunas me gustaron, otras me sirvieron, etc. Un día pensé que así como a mí me gustaban y servían otras historias, quizá las mías podrían servir o gustar también. Y empecé a contar. Me comentaron y me encantó, y me sirvió. O sea, compartir no sólo era bueno para mí, también para otros. Y seguí.

Empecé a soltarme en la pantalla…. Pero se me fue la mano. Contaba cosas como si estuviera en el living de mi casa con mis súper amiguis y no en un espacio infinito y anónimo.

Y entonces el protagonista de esa otra historia, a quién nunca imaginé en ese living virtual, leyó mis escritos  y no fue bueno para mí. Cerré ese espacio y me prometí no revelar nunca más mi alma. Pasó un rato donde no podía evitarlo…. así que abrí un lugar anónimo y  luego otro secreto, me descubrieron igual, no sé cómo, me cargó. Volvía dejarlos.

Un amigo entonces me convenció de que no…. Y empecé a escribir sobre temas…no sobre la vida. Y abrí este lugar, en abril de 2006, con otro nombre.

Era raro, porque yo no leo casi blosg temáticos, me gustan los de la vida. Un día me pasó algo y fue la primera vez que publiqué en Azul una historia que etiqueté “alma”, fue este post , fue en junio de 2006.

Desde entonces, y cada vez más, escribí más desde mi alma, que siempre fue el origen de mi escribir, y de mi escribir un blog. Hasta que se hizo la tónica aquí.

Sé que hay límites entre lo que se puede decir “al mundo” y lo que no, tanto de mi vida como de los que me rodean. Creo que he aprendido a manejarlos más o menos bien, pero seguro a veces se me pasa un poco la mano…. no me gusta que pase. Pero he reflexionado que no creo que haya que callarse lo que a uno le pasa en el alma.

Si fuer así no existirían las novelas como Anna Karenina o el Quijote, ni las de Corine Tellado tampoco. No existirían canciones como las de la Guacha, ni teleseries, ni nada de eso que por alguna razón igual nos gusta. Hay quienes consumen más eso, hay quienes crean más eso, y otros que están como en los dos bandos. Yo soy de los dos bandos, y soy de las que crean. A mí me pasan cosas y me dan ganas de contarlas. Así nací.

Yo las cuento por varias razones. Porque tengo ganas. Porque se me salen de los dedos, se me escapan las palabras y necesitan un recipiente. A veces no se los doy, pero en general las historias las escribo en la cabeza igual. Siempre están.

Segundo porque seguro a más de alguien le pasa algo parecido y no sé por qué ayuda que a otro también. Nos gusta el enganchar con algo desde el “a mí también me pasó algo así”. (Eso tiene una explicación, tiene que ver con la identidad y la pertenencia y lo sé porque mi tesis de magíster en la UC fue sobre ese tema, pero no hablo casi de lo que sé acá, sino de lo que me pasa… Aunque sé muchas cosas).

Tercero, porque hace bien, me hace bien, registrar. Qué pasó ese día, qué sentí, qué hizo que me dieran ganas de escribir…. Cómo fue, dónde, qué dijo, qué no….

A mí me gustan que me cuenten las historias a colores, y me gusta contarlas así también. Me gusta imaginarme el escenario, el personaje, la atmósfera.

En fin, nací así, con ganas de contar. Mis insumos son cosas de mi propia vida que se van convirtiendo en post aquí. No hay una pretensión literaria. Sólo mostrar parte de mi mundo, para que las historias no se atoren en mi cerebro, para dejar testimonio y para ayudar a veces, también.

Y bueno…. si no es con “tenía anillo, me dio rabia”, y otras cosas no sé cómo uno se engancha… Y bueno, mostrar un poco pasa por pasar un poco de poder al otro. Y pensé que sí, es cierto, pero no me importa, porque me gusta ser coherente con quién soy.

Y soy alguien que le pasa esto, que le gusta contarlo, y que a veces a otros les gusta leer. Ahora, es cierto, hay que calibrar… y en este caso no sé si lo hice bien. Si alguien leyó tooooooooodo esto ¿le gustaría decirme su opinión en tanto si dije más de lo “adecuado” o no?….

Wai kitai….

Finalmente, y como diría el Rumpi, aquí va el folleto explicativo: Wai kitai es como una ella se refiere a un tipo que la deja, en una canción. Se supone que está en algún dialecto boliviano que desconozco. Y desde que escuché esta denominación, yo a él lo nombro así en mis pensamientos. Nunca le dije así a él en su cara, pero es su nombre en mi alma.

Commentaires

Lorenzo Salas a dit…
¡Enhorabuena!, ¡enhorabuena! y...

¡enhorabuena!
Anonyme a dit…
Hola Katina, leí tu texto, completo! y no me parece que cuentes mucho, desde afuera se sub-entienden cosas sobre este personaje del que hablas, pero de una manera sutil y con emociones compartidas por todos los que hemos sufrido penas de amor. Creo que encontrarse en ese sitio común hace bien y uno se da cuenta que no está sólo, ni es un bicho raro. Me alegro que te "leas" mejor, no sé como explicarlo pero creo que de verdad cerraste el episodio y se nota.

Mucha suerte!
Leslie
sole a dit…
Para variar, me encantó el post. Y me llega todo de muy cerca, por haber vivido cosas parecidas o por haber estado en tu comedor una noche con vino, escuchando, inspirándome con cierres y cambios.

Gracias.
Anonyme a dit…
hola... buena historia.. qué significa wai kitai???
pepita peota a dit…
que es wai kitai me intriga mucho saber que ees.
wai kitai significa traicón, una vez conversé con evelyn y me contó que era un poema que tenia su tia abuela en un cassete, un poema boliviano que decia wai kitai.

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